¿BARBARIE O CIVILIZACIÓN?
El odio, intolerancia y ambición por el poder en las elecciones presidenciales 2021
En una sociedad de iguales, pero diferentes, las manifestaciones
culturales, las formas de vivir, sentir y actuar, constituyen un conjunto de
sistema de valores y pensamientos divergentes. En esta perspectiva los
quehaceres políticos y económicos se deben encaminar, garantizando el bienestar
de sus habitantes, lo cual implica interacción, diálogo, concertación y
búsqueda de consenso para dar legitimidad social a las atribuciones y
obligaciones del futuro gobernante.
Sin embargo, en lo que va la campaña electoral a la segunda vuelta, se ha
evidenciado un nivel de odio jamás antes visto, a través de insultos de racismo
y amenazas de muerte, paneles de anuncio con frases que incitan al terror, etc.
La extrema derecha tiembla de miedo, el pánico se apodera y los hace perder el
sentido de una democracia electoral participativo, recurriendo a las frases míticas
y arcaicas de terrorismo o comunismo de los años 60 y 70, para desacreditar a
todo contrincante que pretende cambiar, regular o innovar el libre mercado. Al
mismo tiempo, alucinan en caso de perder un probable golpe de Estado. Lo cual
nos lleva a preguntarnos si ¿esta es una fiesta democrática donde se confrontan
ideas, planes y programas? o ¿es una competencia de cinismo que descuida su verdadero
rol de estadista que tienen por misión gobernar para todos? La intolerancia se
hace palmaria, en especial desde la prensa radial y de señal abierta -etiquetada
de mermeleras por un sector de la
población- quienes han sido cooptadas por el poder mediático y por un puñado de
poderosos de la oligarquía limeña, que impiden a toda costa ser gobernados –como
piensan algunos racistas discriminadores- por un cholo, campesino, indio o profesorcito provinciano, razón por la cual se parcializan espectacularmente
solo a favor de una candidata acusada de lavado de activos, organización
criminal y otros delitos.
No cabe duda que la sociedad esta polarizada, se lidian, por un lado, entre
el cambio estructural que propone la nueva Constitución que encabeza el Maestro
Pedro Castillo Terrones, y por la otra, el continuismo manchado por la
corrupción que encarna la candidata Keiko Fujimori. El odio, la intolerancia y
amenazas de muerte, como lo declarado en público por parte del ex candidato
presidencial Rafael López Aliaga contra Castillo, muestran un nivel de
desprecio por la vida humana. El solo hecho de desearle muerte al adversario
político, es una manifiesta declaración del subconsciente que en términos
psicoanalíticos indica una patología propia de una personalidad enfermiza. Lo
grave de este hecho es que según Bandura (1977) la transmisión de valores y
patrones de comportamiento y de pensamiento, constituyen poderosas fuentes de
información para el aprendizaje de los niños y niñas en edad escolar. Es decir,
la socialización de aspectos negativos como lo ocurrido, repercuten en la
conciencia del aprendiz como una forma distorsionado de valoración de la
integridad humana, al mismo tiempo trivializa la vida y normaliza la muerte con
profundas raíces xenofóbicas.
La ambición de capturar el poder no tiene fronteras. En esta lucha todo vale, entre ellos la de buscar aliados estratégicos de personalidades de renombre, como Hernando de Soto y Mario Vargas Llosa, por citar algunos de ellos. Este último -crítico acérrimo de Fujimori: "La hija de un ladrón y asesino, no puede ser presidenta” (El Comercio, 2016)- en especial en los círculos académicos ha decepcionado al mundo entero por su ambivalencia y contradicción hilarante. Para muchos de sus seguidores y admiradores, este hecho es una actitud de traición y afrenta a los propios valores éticos que distinguen a toda persona civilizada: Su adhesión de apoyo a la candidatura de Fujimori representa a la derecha despiadada, deja mucho que desear de este personaje. Los gobernantes de derecha no solamente saquearon las arcas del Estado bajo el manto de la democracia y la libertad durante todo el periodo republicano hasta la actualidad, sino, su comportamiento utilitario está construido sobre la base del modelo neoliberal que propugna el libre mercado sin la regulación del Estado. Para muchos críticos del neoliberalismo de la talla de Pierre Bourdieu (1998), Norbert Lechner (1986), Franz Hinkelammert (1977, 1984), Jorge Vergara Estévez (1999), entre otros, este tipo de economía de mercado produce espiral de problemas sociales. Incluso los vicarios de Cristo de la iglesia católica, como el Papa León XIII, Papa Francisco y el Papa Juan Pablo II, le conocen como capitalismo salvaje que liquida despiadadamente la dignidad de los más pobres a escala mundial ¿Que hay en el trasfondo de esta ambivalencia del escritor que prefiere votar por Keiko fiel sirvienta del modelo neoliberal en decadencia? Cabe recordar que Vargas Llosa en algún momento de su vida fue castrista de tendencia marxista, luego adoptó el liberalismo ¿Conversión? ¿indefensión? ¿tránsfuga? ¿camaleón? ¿qué? La cultura de la desconfianza tiene su origen en la ruptura de los principios y valores éticos que nos gobiernan, los cuales desafían, no solamente comprender la encrucijada construcción social de la realidad en el sentido de Berger y Luckman (1968), sino la propia construcción de la subjetividad, socialización e individuación en un mundo multicultural dinámico, complejo y cada vez más cambiante. Empero, para una postura basada en la concepción esencialista de la vida, este hecho se explica a partir de la naturaleza humana, que bien podría simbolizarse según el dicho popular: “la cabra siempre tira al monte”.
En breve, los adversarios políticos que pugnan por la Casa de Pizarro, en
especial la candidata de la extrema derecha, ha caído en una grosera y
confrontación intestina, lejos de construir un diálogo basado en el mutuo
respeto, confrontación de planes y programas, estrategias de mitigación de la
Covid-19, entre otros, antepone su capricho, interés personal o de partido. Vulgarizando
y empobreciendo más y más el sentido de hacer una política decente pensando en
los demás. Lo que indica que no hemos avanzado significativamente en términos
de la civilización humana, más al contrario, pareciera haberse retrotraído al
estado de la barbarie, mercantilizando el preciado valor del arte de gobernar.
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