domingo, 15 de septiembre de 2024

 

EL SABER ANCESTRAL DEL

EQUINOCCIO DE PRIMAVERA

UN DERECHO A LA IDENTIDAD ÉTNICA Y CULTURAL INDÍGENA

 

 Por Félix Tito Ancalle, Lima, 15 de septiembre de 2024

 

Introducción

La fuerza espiritual del Kay Pacha (mundo en el que habitamos) rige la totalidad de la vida de todas las entidades vivientes, incluidos los seres humanos. Este espacio es escenario de los diversos acontecimientos astronómicos que configuran el ciclo vital regenerativo, mediado a través del calendario agro festivo o calendario comunal. Según la Nueva Corónica y Buen Gobierno de Felipe Guamán Poma de Ayala, septiembre marca el inicio de un nuevo horizonte temporal, conocido como Coya Raymi, la gran fiesta de la luna, considerada esposa y madre del sol. La Pachamama, una divinidad femenina, junto a las mujeres coyas, kapaq warmis, ñustas y pallas, simboliza la fertilidad de la tierra. En la lógica de la complementariedad, ellas ofrecen bebidas y productos agropecuarios a los hombres durante faenas de limpieza de acequias o en fiestas del agua, prácticas culturales que aún se mantienen en muchas regiones del país.

Este ciclo espiritual de concepción biocéntrica tiene profundas implicaciones en el ámbito educativo. La inclusión de estos saberes y conocimientos ancestrales en la educación básica regular y facultades de educación, especialmente en contextos rurales e interculturales, podría fortalecer la identidad cultural de los estudiantes y promover una concienciación más profunda sobre la relación entre el ser humano, territorio y el ecosistema. Además, educar sobre los saberes indígenas contribuiría a una educación más integral y contextualizada, conectada con las sabidurías ancestrales y el respeto por la biodiversidad.

Conexión Espiritual y Calendario Agro Festivo

Septiembre se caracteriza por las primeras gotas del aguacero que germinan la tierra. Los comuneros esperan la manifestación del illapa, la divinidad del agua, quien, con su poder y fuerza telúrica, envía la lluvia para iniciar un nuevo ciclo agrícola. El ritual de la siembra se celebra con gran algarabía en las comunidades campesinas. El yachaq es el encargado de llevar a cabo el ritual de interconexión entre los comuneros y las divinidades, con el objetivo de restablecer la convivencia armónica entre todos los seres existentes, tanto humanos como no humanos. Según Thoreau (1854), la naturaleza es un espacio sagrado donde el individuo encuentra paz y conexión con el universo. La armonía entre los seres humanos y las entidades sagradas, así como la interconexión con las fuerzas vitales de la naturaleza, es esencial para alcanzar el sumaq kawsay (buen vivir) en la comunidad. Thoreau (1854) sugiere que una convivencia armoniosa con el ambiente promueve una ética de respeto por la biodiversidad.

 La enseñanza de estas prácticas y valores no solo es una cuestión cultural, sino también ecológica. La educación ambiental en las escuelas podría enriquecerse considerablemente al incorporar el conocimiento indígena sobre la gestión de los recursos naturales y las prácticas agrícolas sostenibles, lo que promovería una visión holística y armónica del desarrollo humano desde el aporte de la racionalidad amerindia.

 El Equinoccio de Primavera en la Tradición Indígena

Según Durán (1981), las sociedades mesoamericanas llevaban registros astronómicos detallados a través de sus observatorios, donde las ceremonias rituales incluían la contemplación del firmamento para la elaboración de calendarios precisos. Septiembre, de acuerdo con Durán, es el mes de la “renovación de la tierra”, en el que se realizaban complejas ceremonias espirituales para anunciar el renacimiento de la naturaleza y el inicio de las faenas agrícolas. Durante estas ceremonias, se rendía pleitesía a las divinidades con el fin de obtener cosechas exitosas y evitar desastres naturales que pudieran dañar las cementeras.

El término equinoccio, derivado de los vocablos griegos equi (igual) y nox (noche), se refiere a un evento astronómico en el que el día y la noche tienen la misma duración. En la tradición indígena, el equinoccio simboliza la interconexión entre los seres humanos y la naturaleza, constituyendo un saber ancestral crucial para la socialización, la preservación del ecosistema y la formación de identidades étnicas y culturales basadas en el territorio. En este contexto, el territorio es concebido como una entidad viviente con una fuerza propia; es decir, el territorio es un tejido social en el que se manifiestan diversas expresiones espirituales, como la función de las huacas. Estas huacas cumplen una función energética, actuando como espacios sagrados de renovación espiritual, donde los seres humanos interactúan con las energías que emanan de los centros ceremoniales ubicados en ellas.

Este saber ancestral festivo no solo se manifiesta en trabajos colectivos como la minka, el ayni o el yanapay, sino también en las actividades comunales, basadas en los principios de reciprocidad y complementariedad. En estas actividades participan todos los ayllus, que constituyen el soporte social, económico y cultural de los pueblos originarios. Metafóricamente, los ayllus son los torrentes sanguíneos que forman el corpus de la territorialidad, connotando el sentido de pertenencia cultural de los grupos étnicos que configuran la pluriculturalidad.

Propuesta de innovación pedagógica

Incorporar los conocimientos ancestrales del equinoccio y las prácticas rituales en las prácticas pedagógicas áulicas es una propuesta clave para fortalecer la identidad étnica y cultural de las comunidades indígenas y promover una educación intercultural. Este enfoque no solo enriquecería construir su propio currículo por saberes ancestrales, sino que también proporcionaría herramientas valiosas para la preservación del ambiente y la biodiversidad. A través de la enseñanza de las categorías como el respeto por la Pachamama, el rol de las huacas como centros energéticos y la importancia del trabajo colaborativo, los estudiantes podrían adquirir una visión más integral del mundo que los rodea.

Además, estos saberes pueden aplicarse en la educación intercultural bilingüe, ayudando a los estudiantes a conectar sus conocimientos ancestrales con el contexto moderno. Esto podría generar proyectos educativos que promuevan la conservación de la naturaleza y el desarrollo sostenible, así como políticas públicas que integren el saber indígena en la gestión de recursos naturales y la protección de los territorios sagrados.

 Conclusión

El equinoccio de primavera, en el contexto de los pueblos indígenas, simboliza una profunda renovación espiritual y una preparación esencial para el nuevo ciclo agrícola. Este evento no solo señala el comienzo de una época de siembra que garantiza la abundancia de alimentos, sino que también desempeña un papel crucial en la perpetuidad de la vida comunitaria. A través de prácticas rituales y ceremoniales, los pueblos indígenas forjan una conexión armónica con la naturaleza, fortaleciendo su derecho a la identidad étnica y cultural. Además, educar sobre estos saberes ancestrales en las escuelas modernas podría consolidar una visión más holística de la relación entre el ser humano, la naturaleza y el territorio. De este modo, los conocimientos ancestrales se convertirían en una herramienta clave no solo para el fortalecimiento de las identidades indígenas, sino también para la preservación del ecosistema y el fomento de una ética de respeto con los otros: las entidades no humanas.

 

Referencias

Durán, F. D. (1981). Historia de las Indias de Nueva España e islas de Tierra Firme.

            México: Porrúa.

Horeau, H. D. (2004). Walden (P. Fernández, Trad.). Ediciones Akal. (Trabajo original

            publicado en 1854).

Guamán Poma de Ayala, F. (2008). Nueva corónica y buen gobierno (3 tomos). Edición

            y prólogo de F. Pease G. Fondo de Cultura Económica.