lunes, 4 de octubre de 2010

LA CAPACIDAD COMO FACTOR PRIMORDIAL EN LA AUTONOMÍA EDUCATIVA


Félix Tito Ancalle

La construcción de capacidades en la institución educativa, a partir de la diversidad cultural, tipología de instituciones educativas, participación de la comunidad educativa y en correspondencia con las necesidades más sentidas de los estudiantes, es una prioridad básica para el éxito de una gestión educativa autónoma.

Toda institución educativa está conformada por profesores, estudiantes, padres de familia y otros; los cuales se estructuran en organizaciones de acuerdo a la naturaleza y objetivos de la institución educativa, y procuran dinamizar el conjunto de actividades educativas en atención a los aprendizajes y formación integral de los estudiantes, ejerciendo sus responsabilidades que se expresan en términos de funciones.

La ejecución de las funciones requiere el desarrollo de ciertas capacidades, que la institución educativa establece para el logro de sus objetivos. La práctica o el ejercicio de esas capacidades, demanda de habilidades y destrezas reales para lograr “funcionamientos”, en el sentido de Amartya Sen. Según Sen, estos “funcionamientos” representan parte del estado de una persona, las cosas que logra hacer al vivir.

El funcionamiento adecuado de una institución educativa es gracias a la buena acción de los actores educativos, quienes le dan un sentido positivo al movilizar conjunto de acciones educativas, lo que exige la práctica de ciertas capacidades de la persona: habilidades, destrezas, estrategias, técnicas y procedimientos en el manejo de complejos procesos de funcionamientos que puede lograr.

Empero, ¿De qué capacidad estamos hablando? ¿No será la capacidad de manejo de una determinada área instrumental? No, estamos refiriéndonos a la capacidad de decisión, dirección, conducción y ejecución del sistema de gestión educativa; lo cual requiere no solamente del ejercicio de la autonomía de la institución educativa, para actuar libremente y ser capaz de impulsar el bienestar para todos sus miembros, sino la capacidad de tender puentes y transitar hacia el logro de ese bienestar, es decir, en la consecución de metas y objetivos generales de la institución educativa, y la realización ulterior del ser en sí.

La capacidad como facultad humana subyace al sujeto, se desarrolla a partir de las necesidades de sobrevivencia, y para alcanzar el bienestar o el deseo de realizarse, necesita de ciertas capacidades múltiples, no obstante, la capacidad depende de varios factores: características personales y las sucesivas adaptaciones socioculturales en contextos diversos, que implica la habilidad de una persona para lograr varios funcionamientos. Esta es la razón de ser de las instituciones educativas para canalizar y reforzar esas capacidades, lo cual requiere de políticas educativas coherentes en el marco de la descentralización y autonomía educativa.

En los momentos actuales, la apuesta por la gobernabilidad educativa es una demanda de muchos sectores de la sociedad civil. El reconocimiento de las diferencias entre las personas, la atención de las necesidades básicas y características de los estudiantes, el conocimiento y análisis de la diversidad cultural local, regional, nacional y global, en la cual está inmersa la institución educativa, entre otros, son elementos básicos para establecer primero las funciones de la institución educativa y luego proceder a explorar las capacidades en sentido de actividad.

Para responder a la compleja realidad educativa, urge instaurar la autonomía en la gestión educativa con capacidades en constante innovación y redefinición, ya que éstas varían con el transcurso del tiempo debido a cambios culturales, económicos, políticos, sociológicos y tecnológicos.

La gestión educativa demanda entre otros, un servicio educativo de calidad en la dimensión de la autonomía, que se traduce en el conjunto de capacidades que los actores educativos despliegan en ese basto horizonte de procesos de la gestión educativa, las cuales orientan su accionar en atención prioritaria a la persona humana, es decir, los estudiantes.

En ese sentido, el conjunto de capacidades contienen informaciones diversas sobre el funcionamiento real, a partir de las funciones establecidas. Por lo tanto, la calidad de la gestión educativa debe evaluarse en términos de sus capacidades. Una capacidad es la habilidad o potencial para hacer algo, más técnicamente, para lograr un cierto funcionamiento: conducir, guiar, desenvolverse, concertar, resolver problemas en todo y cada uno de los procesos de la gestión educativa. De tal manera que las capacidades de gestión educativa no deben ser evaluados de acuerdo con los logros reales de la gestión, los productos o resultados, sino según el conjunto de procesos reales que se expresan en la libertad o autonomía de lograr el bienestar de los miembros de la institución educativa.

En consecuencia, la categoría capacidad es el insumo básico, natural para alcanzar la idea de la autonomía escolar. Pues la capacidad para funcionar refleja lo que una institución educativa puede hacer, en ese sentido, la capacidad es una noción de tipo libertad o autonómico, que refleja la toma de decisión propia de la institución educativa para elegir entre diferentes formas de hacer gestión educativa.

martes, 31 de agosto de 2010

FUERZA DEL HUAYNO EN HUAYCÁN

Rodrigo Montoya Rojas

El libro “Sunchu: el wayno en la formación de la identidad” que será presentado el sábado 4 de setiembre próximo a las 5.30 pm, en local del Consejo Ejecutivo Central de Huaycan (Plaza principal), es fruto de una tesis con la que Félix Tito Ancalle obtuvo el grado de Magister en la Universidad Mayor de San Simón, Cochabamba, Bolivia, en 2005, dentro del Programa de formación de Profesores interculturales y bilingües PROEIBANDES. Como miembro del jurado de esa tesis, me alegra muchísimo ver el libro publicado.

Dos son sus tesis centrales: 1. El wayno existe y crece solo, como el “sunchu”. Tito usa una metáfora, se sirve del sunchu, una yerba silvestre de flor amarilla que crece en medio de los trigales, en buenos y malos tiempos, porque sus semillas están guardadas en la tierra y sólo requieren de un poco de agua para germinar. A pesar de todas las extirpaciones de idolatrías desde tiempos coloniales para tratar de acabar con las culturas andinas, el wayno ha sobrevivido y goza de buena salud porque tiene la fuerza y la independencia de una yerba silvestre. 2. las autoridades educativas no tienen en cuenta el valor que tiene el wayno en la formación de la identidad en Perú. Desde que apareció la primera escuela formal en Lima, poco después de la fundación de Lima, los funcionarios de las altas esferas del Perú colonial oficial, no tienen ojos para ver las yerbas silvestres que crecen robustas y autónomas, ni la sensibilidad indispensable para aprender de todo lo que saben los pueblos andinos y amazónicos.

Estas dos proposiciones centrales brotan con naturalidad del conocimiento y sensibilidad de Félix Tito, un profesor bilingüe e intercultural, nacido y crecido entre los Anqara, en tierras de Huancavelica, que se siente orgulloso de ser andino quechua y que está profundamente convencido de que la educación será más peruana en la medida en que sea más generalizadamente bilingüe e intercultural.

Híbrido, cambiante, contradictorio, clásico, con versos poéticos o sólo para bailar, el wayno volvió a surgir en Lima y reapareció en Huaycán, la nueva ciudad en los suburbios de Lima en la que trató de repetirse la experiencia de Villa el Salvador. En los arenales calientes y fríos de Huaycán, Félix Tito encontró los waynos nuevos, parecidos y distintos a los que él traía de Huancavelica. En esos dos componentes tenía el material para su tesis. Le preocupaba y preocupa el tema de la identidad porque a él le gustaría, como a mí, que el espejo nos devolviera un rostro que todos aceptemos con alegría y que no nos haga llorar. Cuando los migrantes andinos y los habitantes de las tierras altas y los valles interandinos ya no sientan vergüenza de parecerse a Manco Cápac, habrán roto las cadenas que los une aún al poder colonial. Entre tanto, puede tomarse la fuerza y la independencia de la música andina como un recurso para que las peruanas y peruanos nos veamos con respeto. Este proceso ya es visible, está ocurriendo de modo silvestre, para seguir usando la metáfora de Félix Tito. Pero hace falta multiplicar esa fuerza. Su libro apunta en esa dirección.
Fuente: Diario La Primera.

miércoles, 25 de agosto de 2010

FILOSOFÍA DEL SABER CONVIVIR

Por Félix Tito Ancalle

Estoy rodeado de personas, familiares y amigos. Todo el tiempo identifico en ellos, anomalías, defectos y errores de toda cualidad. Mi relacionamiento se hace tensa, no puedo comprenderlos.

Quisiera alejarme de este ¡maldito! entorno social hacia horizontes sin frontera. Después de un paso efímero y narcisista de mi ser, retorno a mi realidad existencial, envolviéndome lentamente con la muerte óntica.

Agobiado por las vicisitudes de mi vida reflexiono acerca del saber vivir bien ¿Quién conoce o sabe de la convivencia equilibrada? Mi angustia existencial es sólo vivenciado por mí ser, incognoscible a toda percepción de los individuos.

Mi naturaleza humana es algo enigmático, nadie conoce mí interioridad y mi conciencia. Mi pensar y mis actos son verdades sólo para mí, que me hace diferente. Pero, ¿Qué ilusión es el ser humano? Como dijera Pascal “¡Qué novedad, qué monstruo, qué caos, qué sujeto de contradicciones, qué prodigio! Juez de todas las cosas, imbécil gusano de tierra, depositario de la verdad, cloaca de la incertidumbre y el error; gloria y hez del universo. ¿Quién desenmarañará este embrollo?”

Todos juzgamos a la apariencia de nuestros actos, desconociendo cuan profunda son nuestras vicisitudes personales, colmado de acontecimientos, logros y dificultades, prejuicios y paradigmas que impiden la convivencia armónica entre los seres humanos, colisionando con la libertad de los otros y generando conflictos de toda índole.

Entonces ¿Quien soy para juzgar sus formas de ser y sus actuaciones de los otros a partir de mi razón moralizante? ¡Miserable de mí!, no me doy cuenta que, juzgando los mínimos detalles de sus atributos de mi otredad, contamino mi propio ser.

lunes, 5 de julio de 2010

LA FIESTA DE SOLSTICIO DE INVIERNO

¿AÑO NUEVO ANDINO?
Félix Tito Ancalle

El solsticio de invierno para los pueblos indígenas u originarios, significa el retorno y nacimiento del nuevo sol y las fuerzas regenerativas de la naturaleza. El sol rige el desempeño de los seres humanos y su entorno, y la fiesta solsticial se celebra por el inicio de una nueva etapa de la vida (año nuevo). La adoración solar del fenómeno cíclico, ha sido y es la base de toda expresión espiritual de los pueblos originarios, donde el sol ejerce el poder total que da sustento a la vida.

El 21 de junio de cada año la tierra se encuentra en el punto más alejado del sol, registrándose temperaturas bajas y una noche de intenso frío. El fenómeno natural astronómico es conocido como solsticio, por la posición del sol en el ecuador celeste. El nombre proviene del latín solstitium (sol sistere o sol quieto). Según el Diccionario de la lengua española, solsticio significa los dos momentos del año en que se producen sendos cambios estacionales y es máxima la diferencia entre día y noche. Así el solsticio de invierno se produce el 21 ó 22 de diciembre, y da comienzo al invierno en el hemisferio Norte y al verano en el hemisferio Sur. En cambio, el solsticio de verano se produce el 21 ó 22 de junio y da comienzo al verano en el hemisferio Norte y al invierno en el Sur.

A partir de 1492, con la llegada de la cultura europea a las tierras amerindias, comienza un período de colonización, evangelización y proscripción, seguida de imposición cultural y una mala interpretación de la realidad y conocimientos milenarios. Los europeos no entendieron el conocimiento y la sabiduría de nuestros pueblos; por eso, cuando los indígenas rendían culto a sus dioses tutelares de la pachamama (madre tierra), al taita inti (padre sol), al yaku mama (la madre agua) o los apus, achachilas o wamanis (parajes sagrados), fueron arrasados por los extirpadores de idolatrías y tildados de herejes, idólatras, hechiceros y paganos, pues sustituyeron las costumbres, los dioses y celebraciones agrofestivas por otras. Por ejemplo, en el mes de mayo los indígenas rendían pleitesía a la pachamama y los apus (cerros) en agradecimiento por la abundancia de cosecha de productos agrícolas; por este motivo, los indígenas solían subir a la cúspide de los apus, donde ofrendaban a estos dioses los selectos productos agrícolas. Frente a la concurrencia masiva de indios, los extirpadores de idolatrías reemplazaron con las cruces, por ello se celebra en el mes de mayo la fiesta de las cruces en muchos lugares del país. Asimismo, el inti raymi (21 de junio solsticio de invierno) fue remplazado por San Juan, al qapaq raymi (21 de diciembre Solsticio de verano) con el nacimiento de Jesús[1] y el calendario andino luni-solar de 13 meses de 28 días con el calendario gregoriano.

En algunas nacionalidades de nuestro país: anqaras, wankawillkas, qosqos, qollas, y otros, a pesar del proceso de desplazamiento y asimilación de elementos culturales ajenos, las prácticas rituales de solsticio de invierno siguen festejándose con mucha solemnidad. Actualmente los indígenas no solamente se han apropiado del dios del occidente, Yahvé o cristos, sino han ensanchado y han enriquecido su acervo cultural-espiritual, en especial con las fiestas patronales que se constituyen en centro de convergencia y de interacción de todas las sangres. A esta realidad cultural, los antropólogos conjeturan como el sincretismo religioso o fusión espiritual entre lo propio y lo ajeno, como un fenómeno intercultural.

La celebración de solsticio para las culturas milenarias, es muy peculiar, como fenómeno natural representaba el verdadero nacimiento del sol y con ella toda la naturaleza. Según Luis Alejandro Yánez-Arancibia[2] (2010), en todas las culturas ancestrales se festejaban el retorno del nuevo sol y las fuerzas vegetativas de la naturaleza. Siguiendo a Yánez, el sol rige el desempeño del hombre y su entorno y esta fiesta solsticial se celebra por el inicio de una nueva etapa de la vida. En tal sentido, la adoración solar ha sido la base de toda expresión religiosa de los pueblos originarios donde el sol ejerce el poder total que da sustento, no sólo como fuente vital de la naturaleza, sino como insumo de los aspectos espirituales.

Por su naturaleza cíclica, el solsticio marca el fin y el inicio de una nueva temporalidad, en los pueblos originarios es conocido como el año nuevo andino. Las formas rituales de la ceremonia de recibimiento del musuq wata (año nuevo) varía de pueblo en pueblo, sin embargo, existe algo en común, la renovación espiritual junto con la energía del cosmos y los ciclos naturales de solsticios y equinoccios, se festejan de manera colectiva.

El solsticio para los indígenas es un espacio donde se revitaliza las energías internas de todos los suyus (nacionalidades). Se rinde pleitesía principalmente al tayta inti que alumbra y nos da su calor a todos los seres en general. Es el momento oportuno para quienes han tenido ciertas vicisitudes de la vida puedan equilibrar sobre todo la armonía interna y de hermandad con los integrantes de los ayllus. Pues se trata de conmemorar y poner en práctica un legado ancestral que se caracterizaba por la convivencia armónica, practicando la reciprocidad y complementariedad en todos los quehaceres de la vida comunal e individual. Esta fiesta de carácter cósmico, también sirve para reafirmar lazos de amistad, construir compadrazgos y demás formas de confraternizar. Generalmente es una fiesta apoteósica y trascendental para los indígenas de todos los suyus, que se congregan no solamente para rendirle pleitesía como muestra de reciprocidad por el calor que nos da, sino, como una forma de regenerarse y revitalizar la propia vida en la perspectiva del pachakutiq (eterno retorno).

Esta tradición milenaria tiene alcance internacional. En Perú, Ecuador, Bolivia[3], Chile y Argentina, en la víspera (20 de junio), los ayllus pasan la noche con gran júbilo alrededor de fogatas mantenidas durante toda la noche. El 21 de junio se produce el año nuevo solar, los presentes festejan este hecho trascendental con cantos, danzas, brindis y con la infaltable hoja de coca. La ceremonia central empieza a partir de las 5 a.m., se colocan las ofrendas de todo lo que ha producido la pachamama. Los elementos rituales que se utilizan en la ceremonia central son diversos y varían de acuerdo al contexto, generalmente suelen utilizar el sullu (feto de llama), cereales, llampu (cal), carne, frutas, aqa (chicha), vino, caña, toqra o llipta, cigarrillos, coca, etc. Mientras se espera los primeros rayos solares se pasa la coca para seguir masticando (picchar o volear), lo cual será echado al fuego. Luego se humea con el incienso copal para transformar las energías negativas en positivas de los concurrentes, los asistentes continúan esperando con mucha emoción y devoción la salida del tayta Inti, que se expresa a través de las primeras radiaciones; los rayos solares irrumpen luminosamente el denso friaje de la madrugada, mientras los presentes levantan sus brazos mostrando el centro de la palma de sus manos, dichos rayos penetran e irradian todos sus cuerpos, lo que significa para los indígenas la renovación total de la vida. El yatiri, yachaq, paqu o sacerdote andino, con toda reverencia inicia su invocación al taita Inti, extendiendo sus brazos con cuatro hojas de coca en la mano, ofrenda en nombre de tawa inti suyus (cuatro suyus=Tahuantinsuyo), de las wawas (niños y niñas), de los sapis (abuelos), y otros entes, los cuales son ubicados en una lliklla (manta). A la resonancia de los pututus (instrumento nativo de viento) las ofrendas se juntan y luego son echados al fuego para su incineración. Concluida la ceremonia, y al son de los instrumentos musicales se danza colectivamente, y se pasa a compartir los platos típicos de la zona preparados con productos predominantemente agropecuarios, acompañados de brindis con licores exóticos.

Dos aspectos centrales significan esta fiesta solsticial, en primer lugar, el sentido cósmico de recibimiento y celebración del año nuevo andino, es la fiesta de la familia, de niños y niñas, de ayllus y suyus; los seres humanos se dan cita para realizar el gran kacharpari (baile o fiesta colectiva) que se transforma en calor humano, lo cual es enviado simbólicamente al tayta inti como muestra de agradecimiento y reciprocidad por el calor que nos brindó durante el año. Dicho de otro modo, es una forma de ayudarle al tayta inti a retomar su vitalidad y punto de equilibrio, mediante la práctica de la espiritualidad que actúa como eje articulador de las energías de las colectividades. De esta manera se logra la cohesión social de la diversidad en la unidad del kay pacha (mundo en que vivimos) de todos los ayllus y suyus, para la renovación espiritual y existencial.

En segundo lugar, la búsqueda de armonía colectiva y equilibrio personal entre los integrantes de la colectividad; estimula a los indígenas a resolver sus problemas sociales o individuales de toda índole. El rito de reconciliación lo lleva acabo el sacerdote andino, pues invoca a las partes en conflicto para la liberación de los problemas existenciales o sociales ante el tayta inti, quien reestablece la vida armónica del individuo o de grupo. Todo perjuicio o maltrato, sea visible o invisible es percibido por el colectivo, de manera que afecta a toda la colectividad si es que no se resuelve el problema. Según (Heidegger) “Lo visible se sustenta en lo invisible”, significa para los indígenas que la superación de las diferencias se da en el plano invisible, la espiritual a través de la mediación del dios tutelar, el tayta inti. A partir de este rito la vida interna de los miembros de la comunidad empieza ha restaurarse, es decir, asumen una verdadera hermandad de relacionalidad de paz con armonía. Según Palza: “Un pueblo que no está en perfecta coordinación con su mundo circundante y que no ha creado la armonía dentro de su propio pensamiento no puede estar en equilibrio”.

En la perspectiva de construir una sociedad intercultural, tolerante y respetuosa, es menester detener el proceso de extinción de éstos valores culturales. Y que las autoridades y la sociedad civil, impulsen políticas de reconocimiento y revitalización cultural, de preservación y mantenimiento de las prácticas rituales, conocimientos y saberes tradicionales, no solamente para diversificar nuestra identidad cultural, sino como alimento para la renovación espiritual. En suma, la fiesta solsticial es parte de la sapiencia y vivencia de los pueblos originarios, que connota la racionalidad cósmica de reciprocidad y complementariedad que los caracterizan como pueblos originarios, que practican la hermandad y que afirman la vida.

[1] Según Yáñez (2010), “(…) el natalicio de los principales dioses Solares de las culturas agrarias precristianas –como Osiris, Horus, Apolo, Mitra, Dionisio/Baco y otros-, se situara durante el Solsticio de Invierno. Más aún, el natalicio de Jesús, el “salvador cristiano” fue ubicado el 25 de diciembre, fecha en la que hasta finales del siglo IV de esta era se conmemoró el nacimiento del Sol Invencible (Natalis Solis Invicti) en el Imperio Romano. De esta forma entre los años 354 y 369, era del Papa Liberio (352-366), se tomó por fecha inmutable la noche del 24 al 25 de diciembre coincidente con el “nacimiento del sol invencible”, la misma fecha en que todos los pueblos contemporáneos festejaban la llegada del Solsticio de Invierno. Es claro que el verdadero origen de la Natividad católica, sobrepuesta al Natalis Solis Invicti, orientó a los creyentes a que ese día no lo dedicase al Sol, sino al “creador del Sol”. Ver el artículo “Solsticio en la historia y la masonería” de Luis Alejandro Yáñez-Arancibia, R:.L:.S:. Pleno Día No. 3, Gran Logia Unida Mexicana de LL:.AA:. MM:. Gr:.Or:. de Veracruz. En línea: http://www.freemasons-freemasonry.com/indiceespanol.html (consulta: 20/05/2010).[2] Op.Cit.[3] En Bolivia, el 21 de junio es feriado nacional por ser el año nuevo aymara. Uno de los centros ceremoniales más importantes de la celebración del solsticio de invierno es Tiwanaku, que se localiza en la provincia Ingavi de La Paz, a 70 Kms. de la ciudad de La Paz y 10 Kms. de orillas del Titicaca, a una altitud de 3485 m.s.n.m. Del Desaguadero (Perú), está aproximadamente a 30’ en auto.